jueves, 18 de octubre de 2012

Dos tocayas, un solo corazón

Volver a escribir sobre ella es caminar sobre un terreno tan árido como suave, los recuerdos se mueven a veces como piedras que hieren con el paso del tiempo, pero en otras ocasiones pensar en su partida me hace sentir que quizás la vida debió prepararme mejor para verla partir.

Natalia era esa niña que siempre cuidé, aquella que jamás permití que la lastimaran, pero la vida no me alcanzó para cuidarla de esos accidentes que nunca te imaginas vivir, era la mujer de mis ojos, esa hermana que nunca tuve. Sé que no me quedó nada por decirle, se lo di todo, no hubo un solo día o noche que no le recordara cuánto estaba dispuesta a hacer por ella.

Por su parte, ella jamás me falló, fue incondicional, quizás más de lo que yo esperaba, tal vez sea una coincidencia, pero cuando estaba viva era la época donde yo era más fuerte, coincidencialmente cuando ella se marchó, mi vida se tornó en algo caótico, me lastimaron de todas las formas como alguien puede ser lastimado y me descubrieron una enfermedad que jamás imaginé.

Aún así, nunca he decaído, siempre la he sentido a mi lado, supongo que esto es lo que llaman una amistad a través de las distancias y pues si la nuestra cruzó la barrera de la muerte.

Su foto me acompaña todos los días en el puesto de mi oficina, a veces la miro y pienso en aquello que compartimos, en el trozo de vida que ella me regaló, que le agradezco a Dios cada segundo por ponerla en mi camino.

Aún recuerdo su tono de voz cuando gritaba por toda la universidad: "Mi Tocaya". Sí, llevaba mi mismo nombre, aún cuando alguien me dice 'tocaya' la recuerdo, es como si me arropara desde donde está, a veces me parece estarla oyendo diciéndome: "Nada te derrumba, ojalá todos fuéramos la quinta parte de lo fuerte que eres".

Se equivocan quienes piensan que la muerte se olvida, hace más de un año que se fue y me sigue doliendo, la sigo extrañando, solo que empecé a entender que hubiera dado mi vida por verla feliz, y sé que donde está lo es.

Mona, Tocaya: Sabes cuánto te amo, nadie tiene tu lugar, el brillo de tus ojos me sigue alumbrando, sé que en las noches que he llorado tu partida, has sido tú quien me ha consolado.

Si desde el cielo me ves llorar, no te niego que muchas veces es de tristeza, no me preparé jamás para tu partida, pero a veces lloro de felicidad porque fui demasiado afortunada al tenerte en mi vida.

Mona: Frente a ese cajón, jamás me despedí, solo abrí la puerta para que siguieras tu camino, porque sé que me recibirás cuando sea mi hora.

1 comentario:

  1. Felicidades. Ese reconocimiento le dignifica. Me ha sobrecogido su relato, no por el relato en sí, que desgraciadamente es muy común, si no por el amor con que lo ha escrito.
    Un abrazo.

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