miércoles, 26 de marzo de 2014

DOS MUJERES EN UNA ESTACIÓN. OTRA LÁGRIMA BROTA DE SUS OJOS

Desde un escenario paralelo, un mundo distinto o quizás desde lo que yo quisiera que fuera mi vida, observaba una estación de un tren o de un metro, como si hubiera querido vivir en otra época, en esa donde el amor era más trágico, más sentimental, tal vez buscaba una tragicomedia que tuviera como resultado una escena donde aparecen manos unidas no por el mundo físico, sino por el contacto emocional.

Mi atención se detuvo en una mujer que observaba a cada persona que bajaba del tren, como llevando una gran cruz en su espalda, sin entrar en contacto con los otros seres humanos, sin sentir, solo pensando en algo desconocido.

El frío de aquella estación se iba apoderando de la mujer que yo observaba, los labios quemados, su jean roto y sus converse desgastados por los caminos andados que no habían llevado a ningún destino, solo habían conducido a una experiencia que le dejó un corazón hecho pedazos que cada día intentaba volver a sentir paz, una lucha que quizás jamás lograría ganar.

Esta mujer no miraba a ningún punto fijo, pero de pronto decidió levantar su cabeza al cielo y lo que yo observaba desde otro lugar era un maquillaje frío, en el que se destacaba era un delineador negro fuerte, profundo y que hacía ver sus ojos grandes y expresivos, un brillo sorprendente, quizás ese que uno puede ver cuando todavía quiere y necesita creer.

Su blusa era negra, seguramente en algún momento tuvo un dibujo estampado en ella, pero al parecer los años habían corroído esta imagen, ahora solo se vislumbraba unos visos blancos, dorados y hasta grises; una blusa sin mangas y donde se ven todos sus tatuajes, sus brazos están llenos de color, diferentes figuras y quizás sea su manera de identificarse o reencontrarse con ella misma, porque constantemente los miraba.

Aunque en la espalda se destaca uno de los tantos que la acompañan, sabe que la gente la mira, pero no le importa, quizás ya no le importe, de repente, decide pararse de la silla donde la llevo viendo sentada bastantes horas, agarra su libro, se pone los audífonos, limpia sus lágrimas, dejando en sus manos las huellas de ese delineador negro que hace un instante estaba casi intacto, agarra su bolso color café y al mirar en su antebrazo su tatuaje de una pluma, escribe algo en una hoja sucia; observa al cielo, respira, mira de reojo el tren o bus que está decidida a abordar, vuelve a mirar hacía atrás, se detiene, suspira y lo aborda, entendiendo quizás que es hora de partir a un nuevo destino. Otra lágrima brota de sus ojos.


Yo la observaba alejarse en ese tren, de repente, siento ganas de observar en dónde estoy y descubro que mis manos están llenas de un delineador negro, que tengo los mismos tatuajes, que llevo la misma blusa, jean y converse. Sí, esa que llevaba tanto tiempo observando era yo, una mujer que quiere abordar el siguiente tren, aunque algo la ata a un pasado. Otra lágrima brota de sus ojos.

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